jueves, 4 de marzo de 2021

Población española: De la España del siglo XVIII a la del XXI. Verne. El País

 

Así ha cambiado España desde los primeros censos del siglo XVIII

El análisis de los primeros estudios de población del país, elaborados hace 250 años por el conde de Floridablanca y Manuel Godoy, ofrecen un panorama demográfico radicalmente diferente al actual

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Mapa de la península de 1807
Mapa de la península de 1807. 

España tiene 47 millones de habitantes, según los datos más recientes del padrón elaborado por el Instituto Nacional de Estadística (INE). Es el triple que hace más de 200 años cuando, en el siglo XVIII, el conde de Floridablanca elaboró el primer censo estadístico que la monarquía española —con Carlos III a la cabeza— se atrevió a publicar. El objetivo era, tal y como puede leerse en la carta que Floridablanca dirigió al rey: “Que vean los extranjeros que no está el reino tan desierto como creen ellos y sus escritores”. Si Floridablanca hubiera tenido acceso a una bola de cristal, se habría quedado estupefacto con el cambio que ha dado nuestro país: en 1787 rondábamos los 10 millones de habitantes o, como decían por entonces, “almas”.

Las estadísticas son siempre un reflejo de la realidad. Y en el caso de las más antiguas, un tique de viaje al pasado. Antes del de Floridablanca, había llegado el censo del conde de Aranda (1768). Y después, el de Manuel Godoy (1797). Los tres descansan en la biblioteca del INE como una llave más a la historia de nuestro país. Parte de estos documentos son accesibles desde internet de forma gratuita. Con la ayuda de dos expertos en historia económica, desgranamos en seis puntos lo que estos censos nos cuentan de la vida de nuestros antepasados en el siglo XVIII.

1 . No era fácil superar la barrera de los 30

En 1797, según el censo de Manuel Godoy, la pirámide invertida no existía. La esperanza de vida superaba en muy contadas ocasiones los 30 años (ahora es de 83 años de media), un motivo de enorme preocupación para los miembros del Gobierno. En el siglo XVIII, la administración se dio cuenta de que para afrontar al enemigo no solo hacía falta dinero, también recursos humanos que fomentaran la economía y a los que poder recurrir en caso de guerra.

Como indica Carlos Álvarez, catedrático de Historia Económica en la Universidad Carlos III de Madrid: “A lo largo de la historia tener población ha sido clave para el éxito de una sociedad. Para nosotros ha cambiado un poco esa mentalidad y, de hecho, decimos que estamos en un mundo superpoblado. Pero, por aquel entonces, tener habitantes era tener riqueza”. Por cada niño menor de 7 años registrado en 1787, ahora hay 12. Estas proporciones crecen exponencialmente según aumenta la edad: por cada persona de entre 70 y 80 años en el siglo XVII, ahora hay 200.

Uno de los factores que más influía en la calidad de vida hace más de 200 años, además del acceso a la salud —reservado para los más pudientes—, era la dieta. La catedrática de Historia Económica por la Universidad de Barcelona, Roser Nicolau, ha dedicado gran parte de su carrera a estudiar este aspecto. “España era por entonces un país bastante rural y, a diferencia de otros países, el consumo de proteínas era muy bajo. Sumado a la falta de agua, las enfermedades y el escaso consumo de leche, muy distinto al resto de Europa, la mitad de los niños que nacían no llegaban a los cinco años de edad. De hecho, muchos morían en el destete porque el acceso al calcio caía en picado”, apunta.

2. La soltería, lo más relevante de la sociedad

Uno de los aspectos más llamativos de estas estadísticas es la atención que se presta al número de solteros y casados. Tanto es así que el censo de Manuel Godoy dedica un apartado al porcentaje de mujeres solteras por edad donde puede observarse que 7 de cada 10 mujeres de entre 16 y 24 años estaban solteras, una proporción que pasaba a ser de 2 por cada 10 en el rango inmediatamente posterior (25 a 39 años). ¿Por qué se centraban tanto en conocer el estado civil de sus habitantes?

“Floridablanca hace el censo para plantar cara a las críticas sobre la despoblación en España que llegaban desde fuera de nuestras fronteras. Para ello busca los impedimentos en el crecimiento de la población, uno de los cuales era la soltería”, indica Nicolau. Este objetivo les llevaba a contar incluso los religiosos -a los que el celibato no les permitía tener descendencia- y los dependientes de la beneficencia, cuya situación económica dificultaba en gran medida formar una familia. Así, el conde contaba las cabezas en hospitales, hospicios, casas de expósitos, instituciones educativas, divididas por sexos y clases, y casas de reclusión. Incluso distinguía a los pacientes de salud mental, refiriéndose a ellos directamente como "locos" y "locas".

En 1797 se casaban el 59% de las mujeres y el 56% de los hombres. Aunque en ambos sexos esta tendencia ha disminuido con el paso del tiempo, la diferencia con la era actual no es tanta: solo ha caído en siete puntos porcentuales. En los tiempos de Godoy y Floridablanca, explica Nicolau, que hubiese un tercio de hombres y mujeres solteros no era nada positivo: “En toda Europa occidental era habitual que las mujeres se casasen con 25 años y España tenía una de las tendencias más bajas. Hay distintas teorías para explicarlo pero una de las más factibles es que las mujeres no se casaban hasta que no tenían cierto patrimonio, lo que retrasaba bastante la edad de matrimonio. De hecho, aunque no se contabilice, ellas también trabajaban en el campo o en labores domésticas y esto también influía a la hora de casarse”.

En la actualidad, el 11% de las mujeres se quedan viudas. En el siglo XVIII, esta proporción era prácticamente la misma. En el caso de los hombres, el porcentaje de viudos se ha reducido a la mitad (del 6% al 3%), un cambio que se explica con la diferencia en las esperanzas de vida de cada sexo: la esperanza de vida de las mujeres es seis años superior a la de los hombres (86,2 años frente a 80,9). 

3. Casi cinco hijos por mujer

Como ya hemos mencionado, el crecimiento de la sociedad era una de las mayores preocupaciones de la corona. En el estudio que Nicolau elaboró con otros colegas de profesión, Estadísticas históricas de España, el cuadro de expertos concluye que, ya entrado el siglo XIX, cada mujer tenía 4,5 hijos de media. Esta es una de las cifras más disonantes con la realidad actual: los últimos datos del INE sitúan la tasa de fecundidad en menos de 1,5 hijos por mujer.

Las dificultades para elaborar los primeros censos no permitían conocer el detalle del número de hijos por matrimonio. Pero en su batalla por acabar con los obstáculos para formar familias, el censo de Floridablanca distinguía a solteros, casados y viudos según su rango de edad. Y es aquí donde encontramos un detalle sorprendente: los registros de casados y viudos menores de edad. Así, en 1787, 5.462 niños y 7.463 niñas de entre 7 y 16 años aparecen casados. Y más de 500 son viudos. Aunque estas cifras no llegan a representar ni el 2% de la población, surge la pregunta sobre si realmente existían los matrimonios en estas edades o era un simple error de registro.

“Lo que no sabemos es si a la hora de hacer el censo preguntaban si ese matrimonio era consumado o no. Por entonces muchos de los matrimonios eran concertados por las familias, bien por motivos económicos o políticos. En el sur, la edad media de matrimonio era de 26 años y, en el norte, de 21”, explica Álvarez. “Tradicionalmente, en el norte de España las familias solían ceder todo el patrimonio al primogénito para mantener a salvo el linaje. Se consideraba que el estatus social se perdía si se repartía el patrimonio entre varios descendientes. En el sur, sin embargo, se heredaba de forma más equitativa”.

Para casarse hacía falta una dote, el patrimonio que la familia de la esposa entregaba al novio en proporción a su estatus social. La forma de heredar de la familia, por tanto, condicionaba mucho las opciones. Si por haberse dividido el patrimonio entre varios descendientes la dote no era suficiente, lo lógico era que la edad de casamiento se retrasara y que, por ello, se intentase cerrar de palabra el matrimonio lo antes posible para ganar tiempo.

4. Las ciudades, atractivas pero complicadas

“En el siglo XVI, España era uno de los países más urbanizados de Europa. Sin embargo, en el siguiente siglo, las ciudades entraron en decadencia y el territorio se hizo mucho más agrario”, explica Álvarez. En el siglo XVII crece una corriente de pensamiento que considera que la fuerza urbana es una fuente de riqueza para los Estados modernos, que "empiezan a preocuparse por tener poblaciones numerosas”, explica Roser. Así, bien entrada la segunda mitad del siglo XVIII, las ciudades españolas vuelven a cobrar protagonismo y a atraer a parte de la población. En el censo de Floridablanca, Madrid es la que notifica más de 165.000 habitantes, seguida de Valencia (100.656), Barcelona (92.385) y Sevilla (80.915). Las cuatro aglutinan un 4% de la población nacional, un porcentaje que en la actualidad alcanza el 15%.

Pero las urbes, cuanto más caras, más duras. “Al llegar más población aumentan los trabajos de largas jornadas y salarios bajos y, en consecuencia, la gente pasa hambre y crecen las enfermedades por hacinamiento. Se da por hecho que, en la ciudad, la probabilidad de morir es más alta, pero la gente emigra porque, aun así, es un salario mucho mejor que en el campo. Hay que recordar que allí la tierra tenía dueño y el dinero que le llegaba al campesino era escaso. Por eso la ciudad surge como un lugar de mayores oportunidades. Si tenían suerte y trabajaban muy duro, podían salir adelante”, relata Álvarez. “De hecho, muchos de los ‘segundones’ de las familias del norte que hemos mencionado anteriormente —los que llevaban un escaso reparto en el patrimonio de la familia— emigraban a las ciudades del sur para buscarse una nueva vida”.

5. Los municipios de 10.000 habitantes ya eran considerados ciudades

Cuando reinaba Carlos III, 8 de cada 10 españoles vivían en municipios de menos de 10.000 habitantes. Nada que ver con la distribución actual: según el padrón del INE, a día de hoy solo 2 de cada 10 personas (nueve millones, casi la población entera de España en el siglo XVIII) viven en localidades de estos tamaños. En la actualidad, de hecho, son considerados pequeños municipios —tanto, que han podido escabullirse de algunas de las restricciones de la pandemia— y gran parte de ellos están en la cuerda floja de la despoblación.

Sin embargo, en el Antiguo Régimen, “un municipio de estas dimensiones ya se consideraba ciudad”, indica Álvarez. Por ejemplo, como indica el trabajo de investigación Hacia una definición de la demografía urbana: España en 1787, en Canarias, Castilla y León, Extremadura, Murcia y el País Vasco los núcleos urbanos tenían un tamaño medio que rondaba los 9.000 habitantes. Por aquel entonces la zona rural incluía a todos esos municipios de menos de 5.000 habitantes. Aunque esto no significa que en las ciudades no hubiera un gran peso de la ganadería y la agricultura: en el sur de España existían las llamadas agrociudades, municipios que alcanzan los 10.000 habitantes pero en las que, en lugar de diversificar el empleo, predominaba este sector primario.

A medida que la economía agrícola que definía a España pasó a transformarse en una más industrializada, la población hizo las maletas y empezó a mirar a las ciudades del interior de la Península. Poco a poco la densidad poblacional fue creciendo desde los 20,7 habitantes por kilómetro cuadrado hace más de dos siglos a los 90 habitantes por kilómetro cuadrado de 2020, aumentando la población en las grandes ciudades como Barcelona, Valencia, A Coruña, Oviedo o Madrid. La provincia de Pontevedra refleja muy bien ese cambio: en 1787, encabezaba el ranking nacional con 76 habitantes por kilómetro cuadrado y, en las densidades actuales, ha bajado hasta el puesto 13.

6. En algunos municipios, la densidad poblacional era mayor que ahora

Por último, otro detalle que no puede pasarse por alto comparando las primeras estadísticas de España con las actuales es que hay tres provincias en concreto que tenían mayor densidad poblacional en 1787 que en la actualidad: son Cuenca, Teruel y Soria. Si hace 223 años las tres contaban con 14 habitantes por kilómetro cuadrado, ahora en Soria solo hay 8,6, lo que supone una caída del 30% de vecinos entre 1787 y 2020 (de 115.092 a 88.884). Por su parte, Teruel tiene 9,06 habitantes por kilómetro cuadrado, una drástica reducción del 42% (de 191.118 a 134.176 habitantes). Cuenca es la única de las tres que supera la decena de habitantes por kilómetro cuadrado: según los datos de Floridablanca, esta provincia solo ha visto reducida su población en un 5% en los últimos 300 años (de 206.218 habitantes a 196.139).

Es importante tener en cuenta que los datos de estos históricos censos son orientativos. Pasados los años, numerosos expertos han constatado que las cifras bailan mucho entre los siglos. De hecho, el de Floridablanca es el más fiable. La Comisión General de Estadísticas del Reino —primera institución moderna de estadística de España— no nació hasta 1857 por lo que, hasta entonces, la única forma de recoger información estadística era acudiendo a los obispos y a los párrocos, dueños de todos los registros y libros de familia. Por supuesto, estos no incluían ningún cálculo estadístico y estaban escritos a mano, por lo que lo más probable es que haya errores. Pero sí es suficiente para ver en qué cosas ha cambiado España (y en qué cosas no lo ha hecho): si en la actualidad la población viviera tan apretada como en el distrito centro de Madrid, toda España podría caber en Tenerife. Somos muchos más, pero vivimos en menos municipios y tendemos a abandonar las ciudades intermedias para irnos a las más grandes. Lo urbano nos sigue llamando.

domingo, 13 de diciembre de 2020

Ciudad lineal (Madrid) Urbanismo inacabado. El Confidencial

 URBANISMO

Una calle de Madrid que llegue a Moscú: la utopía de Arturo Soria en Ciudad Lineal

Con idea de resolver los problemas sociales de la época, Arturo Soria concibió en el siglo XIX un proyecto de ciudad sin límite, que llegaría hasta Pekín o Moscú. Esta es su historia

Foto: Urbanismo de la Ciudad Lineal.
Urbanismo de la Ciudad Lineal.

Si hay un distrito en Madrid que llama la atención por su peculiaridad es, sin duda, Ciudad Lineal, el proyecto de Arturo Soria. De una manera utópica, que nunca llegó a poder realizarse, Soria pretendía crear una verdadera ciudad lineal ideal, que recorrería Europa (e incluso el mundo) y sería nexo de ciudades puntuales, yendo hasta San Petersburgo o incluso Pekín.

Para Soria, la escasez de viviendas para obreros, la escasa higiene de las mismas y el precio del suelo eran los principales problemas de Madrid durante el siglo XIX. Contrario como era a la planificación ortogonal, propuso esta ciudad lineal en donde una calle principal que podía no tener límite (de ahí que llegara hasta Pekín) en función de las necesidades, sirviese de eje de comunicación, con calles paralelas donde se enlazasen las viviendas, unifamiliares y con jardín, en un estilo americano. En consecuencia, su propuesta trataba de corregir el problema de hacinamiento de la clase obrera española, de acuerdo con los principios higienistas de la época. Además, se inspiró en las ideas de algunos socialistas utópicos como Owen o Cabet, o de urbanistas como Olmsted y Herbert Spencer.

 

La escasez de viviendas para obreros, la escasa higiene de las mismas y el precio del suelo eran los principales problemas de Madrid

 

"Soria propuso un concepto urbanístico que funcionará como ciudad y línea de conexión al mismo tiempo", explica Pablo Gómez, arquitecto y director de Rez Estudio. "Para entender cómo surge un planteamiento como éste debemos ponernos en contexto en el momento en que Arturo Soria en 1886 propuso la idea de Ciudad Lineal. Era un plan urbano pensado para resolver los problemas sociales y la especulación en las ciudades. Era una propuesta de progreso. Tiene precedentes que surgen como respuesta al crecimiento de las ciudades y su relación con la industria y la tecnología. Desde Owen, Fourier, Cabet o Ildefons Cerdà, el objetivo es buscar la forma de resolver la conexión entre la necesidad social y la innovación técnica".

Fotografía cedida por el distrito de Ciudad Lineal.
Fotografía cedida por el distrito de Ciudad Lineal.

En propias palabras de Soria, trataba de ruralizar la vida urbana o urbanizar el campo, consiguiendo que cada familia contara con su propio pedazo de terreno completamente separado de los demás. Su propuesta, por tanto, se alejaba de las características ideas de hacinamiento y recolocación de las clases obreras debido a la falta de espacio (ejemplo de ello, los Banana Flats en Edimburgo, de carácter brutalista, que ya mencionamos en otra ocasión). "Ni sótano, ni buhardilla, ni aglomeración de miserias que en las modernas construcciones benéficas se juntan y procrean nuevas miserias", explicaba en sus escritos.

 

Su idea era unir los núcleos circundantes de Madrid mediante un ferrocarril, uniendo Pozuelo, Carabanchel, Villaverde, Vallecas, Vicálvaro, Canillas, Hortaleza y Fuencarral

 

La Ciudad Lineal, aunque en la periferia, debía estar ligada a un medio de transporte colectivo. Su idea era unir los núcleos circundantes de Madrid mediante un ferrocarril o tranvía, uniendo así zonas tan diferenciadas como Pozuelo, Carabanchel, Villaverde, Vallecas, Vicálvaro, Canillas, Hortaleza y Fuencarral, cerrándose en el Pardo mediante un anillo de circunvalación. El proyecto, aunque llevaba pensado desde 1882, no pudo ponerse en práctica mediante aprobación municipal hasta diez años después.

Para llevar a cabo su idea, Arturo Soria creó la Compañía Madrileña de Urbanización, con la idea de construir un collar de 50 km (que al final solo sería de cinco), y adquirió terrenos en la despoblada zona este de la ciudad. El proyecto se paralizó durante la Guerra Civil Española y, unido esto a la vejez de Soria llevó a que irremediablemente, pese a lo ambicioso, tuviera que conformarse con lo que hoy conocemos. No todo el mundo estaba a favor de la curiosa idea: el escritor Ramón Gómez de la Serna calificó el barrio como "ciudad muerta", por encontrarse muy lejos del núcleo urbano de Madrid. Sea como fuere, sirvió de inspiración posterior para otros arquitectos.

 

El movimiento francés de la ciudad jardín por ejemplo influyó a Le Corbusier en su tesis 'Les trois établissements humains'

 

"El instrumento de crecimiento de la Ciudad Lineal de Arturo Soria y Mata influyó enormemente en propuestas posteriores", explica Pablo Gómez. "El movimiento francés de la ciudad jardín por ejemplo influyó a Le Corbusier en su tesis Les trois établissements humains, y muchos otros emplearon ideas en sus propias propuestas de ciudad lineal, como La ciudad de Metrolinear, de Regunald Malcolmson; el proyecto de Ciudad Lineal de Pampus en Amsterdam, de Jo van den Broek y Jaap Bakema; o la ciudad lineal de Stalingrado, de Nikolai Milyutin, compuesta por franjas paralelas. También se adoptaron influencias de pequeños elementos o partes del sistema que planteó Arturo Soria para experimentar con opciones adicionales. Uno de los ejemplos más directos puede ser la Roadtown de Edgar Chambless".

Frente a la ciudad utópica que se había planteado hasta el momento, en la que la comunidad se alejaba de los problemas sociales, Gómez asegura que Soria planteó una adaptación al desarrollo y una respuesta para la prosperidad de la ciudad y sus habitantes. "Tiene mucho interés en sentido arquitectónico y social analizar este modelo por supuesto, aunque puede entenderse más como algo conceptual, social y urbanístico que como una propuesta posible. Hoy en día nos enfrentamos a grandes exigencias en términos de eficiencia y sostenibilidad y, en ese sentido, la respuesta parece ser habitar la altura, ya que permite aprovechar el espacio al máximo. El concepto de ciudad lineal se está aplicando de ésta manera. Una ciudad lineal que crece en altura, que se conecta y que es a la vez ciudad", concluye.

martes, 3 de noviembre de 2020

Poder destructivo de las tormentas eléctricas. El País

 

Cómo la ciencia está desentrañando el misterio de los rayos y las tormentas eléctricas

Diferentes grupos de investigadores están estudiando el poder destructivo de truenos y rayos, que cada vez son más frecuentes

Los rayos no avanzan de manera continua, sino a saltos.
Los rayos no avanzan de manera continua, sino a saltos.BERNARDO DE MENEZES PETRUCCI.

Imagínese que está tumbado un hermoso día en una verde colina viendo las nubes pasar. Seguramente esté pensando en nubes de tipo cúmulo, esas que parecen suaves bolas de algodón. Su aspecto es de lo más inocente. Sin embargo, pueden convertirse en los más formidables cumulonimbos. De esos monstruos salen los rayos y los truenos. Son poderosos, destructivos, e intensamente misteriosos. También hay indicios de que cada vez son más frecuentes. Por ello, entender su funcionamiento ‒y su efecto en el mundo de los seres humanos, incluido cómo construimos los edificios y los tendidos eléctricos‒ es más importante que nunca.

Muchas nubes se forman cuando el aire caliente asciende a grandes alturas, donde se enfría y se condensa en gotitas de agua. Las tormentas se producen cuando una nube que se está formando por este proceso crece y se agranda muy rápidamente, absorbiendo cada vez más vapor de agua. A ello le suelen seguir precipitaciones y fuertes ráfagas de viento. Y, por supuesto, los rayos. Aunque aparentemente son un fenómeno bastante escaso, ha tenido lugar unas 700 veces ‒en la Tierra caen unos 100 rayos por segundo‒ en algún lugar del planeta en el tiempo que usted ha tardado en leer esta frase.

Al parecer, los rayos y las tormentas son cada vez más habituales, y hay indicios de que la tendencia continuará como consecuencia del calentamiento global. En 2014, David Romps, catedrático de la Universidad de California en Berkeley (Estados Unidos), elaboró un modelo atmosférico que predecía que los rayos aumentarían un 12% por cada grado de aumento de la temperatura de la Tierra. Diversas señales indican que esto podría estar sucediendo ya. En Holanda, varios investigadores han observado el número de incendios en los bosques de Alaska y Canadá originados por un rayo y han descubierto que ha aumentado entre un 2% y un 4% anual a lo largo de los últimos 40 años.

Los rayos son algo que no acabamos de entender. Si, por ejemplo, filmásemos la caída uno de ellos y la proyectásemos a cámara superlenta, veríamos que avanza a saltos. Según Alejandro Luque, del Instituto de Astrofísica de Andalucía en Granada, se detiene un instante a intervalos antes de seguir avanzando. Ignoramos por qué ocurre esto. Luque comenta que hay unos cuantos artículos sobre el tema, pero, en realidad, ninguna teoría aceptada.

Los espectros rojos

No obstante, el investigador cree que puede tener algunas de las claves del problema gracias a sus estudios sobre un fenómeno eléctrico todavía más increíble pero que se conoce mejor: los espectros rojos.

Los espectros rojos son inmensos chorros de luz coloreada que se forman a entre 50 y 90 kilómetros de altura sobre la superficie de la tierra, mucho más arriba que las tormentas. Durante años se dudó de su existencia, ya que son difíciles de ver desde el suelo. Luque los ha estudiado principalmente observando fotografías tomadas por aviones de investigación.

Los rayos y las tormentas son cada vez más habituales, y hay indicios de que la tendencia continuará como consecuencia del calentamiento global

Aunque son menos conocidos que los rayos, la física de los espectros rojos es más fácil de estudiar porque a tales alturas hay poco aire, de manera que las descargas eléctricas se producen más lentamente y a temperaturas más bajas. Los rayos originan temperaturas superiores a las de la superficie del Sol. En cambio, los canales de descarga de los espectros rojos tienen “más o menos la misma temperatura que el aire que los rodea”, afirma el investigador.

Los canales de los espectros rojos están formados por filamentos diminutos llamados “serpentinas”. En la propagación de estas, algunos de sus puntos resplandecen con más brillo y persistencia. Luque explica que, en estos fenómenos eléctricos, el intenso resplandor se debe al comportamiento de los electrones. En algunas zonas de la serpentina, los electrones se adhieren a moléculas de aire, lo cual incrementa la fuerza del campo eléctrico produciendo una luz más intensa.

Los saltos

Esta explicación no admite discusión, asegura Luque, pero lo que no sabemos es si un proceso análogo podría explicar ‒como sospecha el astrofísico‒ por qué los rayos avanzan a saltos. En el contexto de estos últimos, a alturas inferiores hay más moléculas de aire, y es posible que la incorporación de los electrones a ellas se produzca de una manera algo diferente, dando como resultado el patrón “a saltos”. Luque quiere verificarlo con su proyecto eLightning.

Luque y su alumno Alejandro Malagón-Romero formularon la hipótesis en 2019. Ahora su equipo trabaja en el desarrollo de un modelo computacional de los rayos para comprobar si el proceso que predicen puede explicar el comportamiento discontinuo.

Saber por qué los rayos avanzan a saltos no va a ayudarnos a conseguir que sean menos peligrosos, pero Luque opina que entender mejor el fenómeno quizá sea útil en muchos otros campos. Por ejemplo, las descargas pueden formarse alrededor de los tendidos eléctricos. En consecuencia, hay que diseñarlos para reducir el riesgo al mínimo. Estas descargas también se utilizan en la industria, por ejemplo, en el tratamiento de los gases residuales e incluso en las fotocopias. Entender mejor cómo funcionan podría tener como resultado una mejora de los diseños.

Puede parecer que los rayos son el arma más peligrosa del arsenal de una tormenta eléctrica, pero estas tempestades también pueden desatar vientos extraordinariamente fuertes.

El tiempo atmosférico de Europa está dominado por sistemas meteorológicos conocidos como ciclones extratropicales. Se trata de corrientes de aire en espiral que traen consigo viento y lluvia cuando atraviesan una zona. En una ciudad europea se producen por término medio entre 70 y 90 al año, y los científicos conocen bien su funcionamiento. Estas tormentas pueden ser fuertes, pero no siempre lo son.

Cada vez que se construye un edifico en Europa, los arquitectos tienen que asegurarse de que es capaz de soportar vientos fuertes, y el modelo que utilizan para ello se basa en los ciclones extratropicales. El problema es que no tienen en cuenta los vientos considerados poco frecuentes, como los que acompañan a las tormentas eléctricas.

Las tormentas eléctricas

Para entender por qué esto es importante hay que conocer la diferencia entre ciclones y tormentas. En primer lugar, las tormentas son más intensas que los ciclones. Mientras que un ciclón puede durar tres días, una tormenta puede haber pasado en 20 minutos. Por eso, en vez de con un viento moderado y continuo, nos encontramos con una tanda de ráfagas muy poderosas. En segundo lugar, más importante aún es que la fuerza del viento varía dependiendo de la altura. Los ciclones son más fuertes cuanto mayor es la altura. Las tormentas, por su parte, suelen originar vientos que arrancan a unos 100 metros de altura y soplan hacia abajo con más fuerza a medida que descienden. “Un viento normal sopla en paralelo a la superficie de la tierra, mientras que una tormenta sopla hacia abajo. Es totalmente distinto”, explica Giovanni Solari, profesor de la Universidad de Génova, en Italia.

Tomando estas consideraciones en conjunto, prosigue Solari, el resultado es que la ingeniería se esfuerza excesivamente en los edificios más altos, principalmente los rascacielos, y demasiado poco en las construcciones y estructuras de menor altura, como las grúas de los astilleros. Los 200 metros superiores de un rascacielos de 300 metros probablemente no reciban el empuje de una tormenta, pero los diseñamos como si fuesen a recibirlo porque nuestro modelo da por sentado que, a más altura, más fuerte es el viento. “Estamos construyendo edificios demasiado seguros”, concluye. Por otro lado, una tormenta puede volcar una grúa, ya que produce el viento más fuerte a nivel del suelo.

“Antes se pensaba que las tormentas eléctricas eran poco frecuentes. ... La razón era que no podíamos verlas”

El objetivo de Solari con su proyecto THUNDERR es corregir esta tendencia desarrollando un modelo de viento de tormenta que se pueda utilizar para ayudar a diseñar edificios. De este modo, aumentaría la eficacia de las construcciones y se reducirían sus costes. El primer paso fue basarse en una tormenta artificial creada en uno de los túneles de viento más avanzados del mundo en la Universidad de Ontario, en Canadá, y elaborar un modelo de la misma. Según Solari, esa fase ya ha concluido, y su modelo logró reflejar con verosimilitud cómo funcionan las tormentas artificiales. Pero eso era la parte fácil.

Actualmente, el ingeniero ha pasado a modelizar tormentas reales, que varían enormemente entre sí. Como apoyo, él y su equipo han construido una red de 45 torres meteorológicas alrededor de la costa mediterránea, diseñadas para recopilar datos de los vientos producidos por las tormentas.

“Antes se pensaba que las tormentas eléctricas eran poco frecuentes”, observa Solari. “La razón era que no podíamos verlas. La red ha generado una base de datos con 250 registros de tormentas. Ahora el plan es ajustar el modelo inicial para que tenga en cuenta todas esas tormentas diferentes y sea verdaderamente representativo”.

Este artículo ha sido originalmente publicado en inglés en Horizon, la revista de investigación e innovación de la UE. La investigación de este artículo fue financiada por la UE.

Traducción de NewsClips.


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