sábado, 14 de agosto de 2021

El agua, un bien escaso de futuro incierto. El País


El ser humano lleva 400.000 generaciones habitando este orbe de azul y tierra. Ha soportado semanas en las que parecía que nunca dejaría de llover y meses de un estío infinito. Conoce las consecuencias de la aridez. Los acadios desaparecieron hace 4.000 años, los mayas entre los siglos VIII y IX después de Cristo y los granjeros de las grandes planicies (Kansas, Colorado y Dakota) abandonaron sus pastos en los años treinta del siglo pasado. Todo era polvo e ira. La falta de agua ha acabado con civilizaciones enteras. La sequía cuartea la tierra, como un caminante que atravesara Comala, de Juan Rulfo, y amenaza con convertirse en la próxima pandemia. Y nadie posee una vacuna. Las personas han estado conviviendo con sequías durante 5.000 años, pero lo que vemos ahora es muy distinto. “La escasez por satisfacer las necesidades básicas de la población es consecuencia, sobre todo, de una mala gestión de las prioridades éticas, al anteponerse poderosos intereses en actividades productivas, o usos suntuarios, por encima de los derechos humanos y las necesidades vitales de los más empobrecidos”, advierte Pedro Arrojo, relator especial de la ONU para los derechos humanos al agua potable y al saneamiento.

Quizá porque es incolora e insípida, ni siquiera los inversores, pese a ser indispensable para la vida, le han prestado atención durante la crisis sanitaria. Tal vez porque en los países ricos resulta natural abrir el grifo y que se vierta agua de calidad. Es en este momento cuando aparecen los economistas. Las próximas líneas podrían escribirse al igual que Cela redactó su Cristo versus Arizona, más de 200 páginas con un solo punto. Una diáspora incesante de palabras. Únicamente el 0,5% del agua del mundo es potable, cerca de 2.200 millones de personas no beben de forma segura y 4.200 millones carecen de infraestructura sanitaria. Una cuarta parte del planeta enfrenta un estrés hídrico máximo y 800.000 hombres, mujeres y niños de países pobres mueren al año por falta de higiene y agua adecuada. El futuro será algo sin precedentes en 400.000 generaciones. En 2030 —acorde con la ONU— la demanda de agua superará en un 40% la oferta y obligará a un gasto extra a los gobiernos de 136.000 millones de euros anuales. Mientras, la demografía, imperturbable, proseguirá su destino. Con una población que habrá aumentado durante 2050 entre un 22% y el 34%, cerca de 6.000 millones de seres humanos podrían sufrir escasez de este líquido básico. Este es el posible mañana visto desde fuera del planeta. Queda esa frase de Van Gogh. “Tengo… una terrible necesidad…, ¿diré la palabra?…, de religión. Entonces salgo por la noche y pinto las estrellas”. La respuesta “no es extraer más agua, sino recuperar, regenerar y reutilizar los acuíferos”, defiende Pedro Arrojo. Si tú cuidas del suelo, el suelo cuida de ti. Es nuestra Vía Láctea empedrada de estrellas.

Imagen de la laguna de Aculeo en Paine (Chile) en enero de 2019 totalmente vacía por la sequía.© RODRIGO GARRIDO (EL PAÍS) Imagen de la laguna de Aculeo en Paine (Chile) en enero de 2019 totalmente vacía por la sequía.

Enormes pérdidas

Este pequeño planeta, arrinconado en la orilla de un océano cósmico, necesita asegurar su agua. El Banco Mundial calcula que la pérdida de este elemento vital en agricultura, salud, ingresos y propiedades puede reducir en 2050 hasta el 6% del PIB en algunas regiones del mundo. Urge cuidar los riachuelos, las torrenteras, el río que nos ha llevado durante miles de años. “Si analizamos las cuencas hidrográficas españolas [andan al 50% de su capacidad, 27.958 hm3; por hacerse una idea: un hectómetro cúbico es similar a un campo de fútbol], vemos que no estamos mejor pero tampoco hemos ido a peor, sin embargo aún hay que mejorar hacia una gestión más sostenible del agua”, apunta Elena López Gunn, responsable de la consultora Icatalist.

El Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico acaba de presentar a consulta pública Los planes hidrológicos de cuenca 2022-2027, que atraviesan la adaptación al cambio climático, los vertidos urbanos, la contaminación difusa de la agricultura, la recuperación de los márgenes fluviales (restaurar 5.000 kilómetros de ríos, arrollados por la especulación urbanística) y la gestión sostenible de las aguas subterráneas. “Esto último me parece crítico. Por fin habrá un Plan Nacional de Aguas Subterráneas. Hacía más de 20 años que no se actualizaba el anterior. En general, el enfoque es bueno ya que se admite que resulta necesario reducir el uso”, refrenda Gunn. Quedan, en principio, fuera de la mesa, por primera vez, nuevas presas, desaladoras (sin energías verdes son muy caras y generan una elevada huella de carbono) o trasvases. O sea, la propuesta de la Federación Nacional de Comunidades de Regantes (Fenacore). “Aumentar la regulación hídrica en 16.000 hectómetros cúbicos mediante la construcción sostenible de obras de regulación”, defienden. El ministerio ha puesto el objetivo en reducir la demanda, no en incrementar el caudal. En España, el agua siempre ha tenido un relato demasiado político y quizá haya que abrir la esclusa a una especie de cientificocracia líquida. Sobre todo, cuando el 79% se dirige a la agricultura y la ganadería.

El ser humano está concebido para aprender y sabe que las puertas del cielo y del infierno son adyacentes e iguales. Todo depende de sus decisiones. “El sector ha presentado a Europa planes de inversión pública y privada utilizando los fondos europeos por valor de 14.000 millones de euros”, resume el economista José Carlos Díez. Y añade: “Es una gran oportunidad para crear empleo”. Proyectos que cursan palabras como “digitalización de regadíos”, “drones”, “satélites” o “gestión inteligente de acuíferos”. Términos nuevos en el diccionario ecológico español. Pero esa enumeración de conceptos ha enseñado que el agua arrastra a la vez las pesadillas y los sueños del ser humano.

Porque el agua también anega a los gigantes tecnológicos. Sin ella no existirían Tesla, Amazon, Facebook, Alphabet, Spotify o Netflix, pues el hardware que utilizan exige procesar enormes cantidades de esas moléculas de hidrógeno y oxígeno. Hoy no valdrían 5,7 billones de dólares (4,8 billones de euros) en el parqué. El presente es un imán tan poderoso que repele el pasado, y sus enseñanzas. Hace pocos años —­describe The Economist— Coca-Cola tuvo que cerrar plantas en la India por la sequía. En 2019, las inundaciones causaron roturas de suministro de dos gigantes como Cargill y Tyson Food. Un trabajo de la oenegé CDP encontró que 783 grandes compañías cotizadas en Bolsa sufrieron pérdidas conjuntas de 40.000 millones de dólares en 2018 por el agua. Diez años antes, Barcelona se vio obligada a importarla de Francia. Mientras, TSMC, uno de los mayores fabricantes de semiconductores del mundo, que consume cerca de 156 millones de litros diarios, está teniendo problemas con la producción debido a la fuerte sequía que sufre Taiwán.

Otra de las preocupaciones de las empresas es que se dispare el precio. El mercado de este líquido no refleja ni los costes sociales ni los medioambientales. Ni siquiera las ironías. A la industria del agua embotellada le cuesta seis o siete litros —acorde con Barclays— producir una botella de un litro (incluido el embalaje) de agua. La firma de análisis de datos S&P Global Trucost ha descubierto que si las compañías del índice Fortune 500 pagaran el verdadero precio del agua sus márgenes disminuirían en una décima parte. Y las lindes para sectores como el de bebidas, comida y tabaco (su producción mundial consume 22.000 millones de toneladas de agua al año. Dicho de otra forma, una persona que fuma un paquete de 20 cigarros diarios durante 50 años malgasta 1,4 millones de litros) podrían desplomarse un 75%.

Llueven los números, y no escampa. “Las empresas actuales utilizan unas 700 veces más agua dulce al año que petróleo. Al precio actual del crudo —alrededor de 70 dólares el barril—, esto significa que si las organizaciones se vieran obligadas a desembolsar 0,10 dólares, o una cantidad superior, por barril de agua, les costaría tanto o más que el oro negro”, calcula Toby Messier, consejero delegado de Aquantix, una firma canadiense que emplea inteligencia artificial para analizar los riesgos de este líquido. “Tenemos que ir a un precio que refleje las externalidades. Y las tensiones geopolíticas regionales serán un conflicto constante”, augura Roberto Scholtes, director de estrategia de UBS en España. En principio, el agua es un bien común y de uso público en casi todas las legislaciones del planeta. Lo que blinda su comercio. Sin embargo, desde el 7 de diciembre de 2020 los derechos (futuros) sobre su utilización (no el agua en sí) cotizan en Wall Street ante su creciente escasez. En un solo año, se ha duplicado el precio en California.

Todo esto se escucha en Palencia (España) como si el orvallo cayese sobre un tejado muy lejano. Jeromo Aguado debería estar jubilado. Es agricultor y ganadero. “En ecológico”, aclara, orgulloso. Ganadería viva, pollos, corderos. Ha visto encadenarse las estaciones. Conoce el sol, el cierzo y esas nubes que pasan cargadas de agua pero que jamás descargan. “Este año no ha sido de los peores”, reconoce. Aunque se moja. “El agua de riego se está utilizando para un modelo de agricultura intensiva, que piensa en los productos de forma especulativa con el fin de colocarlos en los mercados internacionales”, critica. Quizá ignore la inmensidad de los intereses y la geografía del dinero. En pleno centro de la escalada de la crisis del agua, el negocio planetario de la comida y el sector agroalimentario manejan cinco billones de dólares (4,24 billones de euros). Y al menos —según Barclays— unos 415.000 millones en ingresos podrían estar en riesgo por la falta de agua para regar los campos y abrevar el ganado. Además, otros 248.000 millones de dólares viven bajo el peligro de los cambios de los patrones de lluvia y su efecto sobre la reducción de las cosechas.

El peligro ya es sol, llamas y humo. El oeste de Estados Unidos afronta una sequía sin precedentes en 1.200 años. El periódico The New York Times cuenta la inquietante historia de un productor californiano de arroz de alta calidad para sushi que llegó a la conclusión de que era mejor negocio vender el agua que habría usado para cultivar el cereal que cultivarlo. El nivel de los depósitos está bajando mucho y las redes eléctricas corren el peligro de dejar de funcionar si las presas hidroeléctricas no captan el agua suficiente para generar energía. California no queda tan lejos. La pluviosidad en el arco mediterráneo ha descendido un 20% en las tres últimas décadas. “La sequía es el tema que más preocupa en el suroeste”, observa Bruce Babbitt, antiguo gobernador de Arizona y secretario del Interior durante la Administración de Clinton. Y alerta: “Los científicos predicen que continuará durante muchos años y debemos hacer grandes reducciones en su consumo. Más del 80% va a regadío y habrá que ir, poco a poco, eliminando esas tierras. Será difícil, pero esencial”; será el clima versus Arizona.

Cada sequía es un aviso de nuestro futuro climático. Los estadounidenses tienen la fe de que los mercados y el dinero suelen arreglar los problemas. El presidente Biden ha creado el American Rescue Plan Act 2021 destinado al agua y sus infraestructuras. El proyecto de ley prevé invertir 500 millones de dólares para el acceso al agua a familias con bajos ingresos y unos 30.000 millones dirigidos a ayudar a propietarios y arrendatarios. Además, los Estados pueden utilizar los 350.000 millones del Coronavirus Relief Fund (Fondo de Ayuda del Coronavirus) en inversiones imprescindibles en agua, alcantarillado o infraestructura de banda ancha. “La mayoría de los americanos tienen la suerte de abrir los grifos y tener lo que parece un suministro ilimitado de agua limpia para beber. A medida que cambia el clima, también lo hace su disponibilidad y algunas partes del país están soportando periodos de escasez que jamás habían visto. Es crítico aquí, y en el resto del planeta, entender y anticiparse a esas transformaciones”, alerta Kevin S. Minoli, exabogado de la Agencia de Protección Ambiental (EPA, por sus siglas inglesas).

Tecnología obsoleta

La luz penetra donde no brilla el sol. El agua ha estado alejada de la innovación. Como una marea que nunca hubiera alcanzado la orilla. “Utilizamos tecnología del siglo XIX para construir infraestructuras del XX, pero ahora tenemos retos del XXI”, enlaza James Eklund, uno de los arquitectos del Plan de Contingencia contra la Sequía de Colorado. “El agua requiere lo mejor del ingenio humano, porque los riesgos son muy elevados, y afectan a la salud, la seguridad humana, la justicia social, la equidad y el medio ambiente”. Solo en Estados Unidos, unos 162 millones de personas es probable que experimenten mayor calor y tengan menos agua. La Fundación First Street ha descubierto que existe un 70% más de edificios vulnerables a las inundaciones de lo que se pensaba. “El reto es tan grande y existencial que requiere de una fuerte participación del sector privado. Los gobiernos deben incentivarla para que innove en agua y clima a la misma escala que provocó la revolución digital”, asume Eklund.

La presidenta de la Unión Europea, Ursula von der Leyen, ha asegurado que “el agua está literalmente en todas partes del Pacto Verde Europeo”. No es un bien financiero, es un derecho humano. Pero se escapa al igual que a través de un hisopo. “Resulta necesario diseñar instrumentos económicos que permitan reconocer su valor, es decir, asignar correctamente un precio, para estimular a los consumidores, la industria, la agricultura a mejorar su ‘productividad’, pero tendrán que ser justos e igualitarios”, analiza Máximo Torero, economista jefe de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), y esto supondrá encarecer algunos productos, que no están pagando un precio correcto según su consumo de líquido. Recuerda al Enūma Eliš, un poema babilónico que narra el origen del planeta: “En los huertos de los dioses, contempla los canales”.

El hombre, que se cree un pequeño dios, lleva décadas fiando su destino a la oferta y la demanda. Esa pareja malavenida. “En teoría, los mercados penalizarán el desperdicio y recompensarán la conservación a medida que el agua se vuelva más valiosa”, comenta Jesse Keenan, un urbanista formado en Harvard y que hoy es profesor en la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Tulane (Nueva Orleans). Pero la participación de la iniciativa privada resulta tan pequeña que solo entra en juego para aprovechar los precios extremadamente altos que se dan en tiempos de escasez. Así que miran el negocio al igual que un espejismo. Si invierten es persiguiendo grandes volúmenes de agua. Por lo que si las sequías se vuelven extremas resultará muy probable que los “pequeños agricultores no tengan acceso a ella”, avisa el experto. Su escasez debería ser una prioridad de los inversores. “Sin embargo, el agua es un tema bastante más concreto que, por ejemplo, el cambio climático, y no está claro, siempre, hasta qué punto una empresa en la que se puede invertir corre el riesgo de sufrir escasez”, valora Andy Howard, director global de Inversión Sostenible en Schroders. Existen unas 300.000 compañías —destaca la gestora Pictet— relacionadas con el agua, pero solo 850 cotizan en Bolsa. Existe desinterés.

Sin embargo, la aurora ilumina las parcelas más yermas. Queda esperanza. Al igual que con la emergencia climática. Urge cambiar las formas en las que se consume el agua, para eso hay que introducir innovación y educación en su uso. Heineken puso en marcha en 2017 un programa destinado a recuperar tres lagos degradados cerca de su fábrica sevillana. Consiguió devolver 420.000 metros cúbicos cada año. La biotecnológica Chr. Hansen (con sede en Tres Cantos, Madrid) produce un coagulante (Chy-Max) con el que son necesarias 2.000 toneladas menos de leche para producir 200.000 toneladas de queso. Y Danone quiere contar con un plan de restauración o preservación para las 55 cuencas hidrográficas con gran estrés hídrico donde opera de aquí a 2030.

Mientras, el mundo desperdicia 1.300 millones de toneladas de alimentos al año. ¿Cuánta agua se tira? “La estamos malgastando. Y no es la responsabilidad solo de un país, exige un compromiso de coordinación multilateral”, alerta Emilio Ontiveros, presidente de Analistas Financieros Internacionales (AFI). De hecho, “dos de los grandes retos de las próximas décadas serán reforzar la cooperación transfronteriza y garantizar que se gestiona el agua de forma sostenible”, prevé Virginijus Sinkevičius, comisario europeo de Medio Ambiente, Océanos y Pesca.

Si queremos sobrevivir en este recóndito espinazo de estrellas y noche necesitaremos una enorme cooperación internacional, innovación y sacrificio. En su libro, Un paraíso construido en el infierno (Capitán Swing), la escritora Rebecca Solnit detalla cómo la gente se une tras las grandes tragedias. El Blitz alemán sobre Londres, el huracán Katrina, el 11-S en Nueva York. “En un mundo de dolor cotidiano, este es el único paraíso posible, y nunca existirá entero, estable y completo. Siempre habrá que dar respuesta a problemas y sufrimiento: construir el paraíso es el trabajo que estamos destinados a hacer”, escribe. Pero un Edén sin agua es un desierto de arena.

El grifo de la desigualdad gotea

El famoso economista griego y antiguo ministro de Finanzas Yanis Varoufakis está de vacaciones. “Bien merecidas”, bromea. Acaba de publicar un libro, Otra realidad. ¿Cómo sería un mundo justo y una sociedad igualitaria? (Deusto). La respuesta a esa pregunta discurre por la inequidad y el agua. Juntas. Ni siquiera paralelas. En este tiempo de ocio, saca algo de espacio para reflexionar sobre dos temas de los que depende nuestra existencia. “La escasez de agua ya abre una brecha entre ricos y pobres, poderosos e impotentes, opresores y oprimidos”, cuenta. “Y eso se agravará a medida que el cambio climático amplíe la fractura entre los ricos totalmente hidratados y quienes no tienen acceso al agua o se ahogan periódicamente en ella”. Los números le dan la razón. Un trabajo de febrero de The Guardian descubrió que las áreas latinas de Estados Unidos beben el doble de agua que no cumple los estándares de seguridad que otras poblaciones del país. Algo que ya hemos visto en el asentamiento de la Cañada Real en Madrid.

Un futuro bélico —dicen— amenaza a Europa. “Las personas mayores tendrán que hacer sacrificios en la lucha contra el cambio climático o los niños de hoy se enfrentarán a un futuro de guerras por el agua y los alimentos”, ha advertido Frans Timmermans, vicepresidente de la Comisión Europea. Está en el pasado del Viejo Continente y en otras tierras. “Hay una larga historia de conflictos por el agua y la Unión Europea condena firmemente su uso como arma de guerra. Nuestro compromiso diplomático es que sea un elemento de paz, seguridad y estabilidad. El agua puede ser una fuente de inestabilidad, pero también de creación de instituciones y de cambios sistémicos, positivos y duraderos”, desgrana Virginijus Sinkevičius, comisario europeo de Medio Ambiente, Océanos y Pesca. Es una vereda complicada de calcular. Incluso los anillos de los abedules blancos engañan con sus círculos. Martin Wolf, jefe de Opinión Económica del diario británico Financial Times, camina bajo sus sombras. “Hay escasez física de agua, en el sentido de sequías y falta de almacenamiento. Luego está la carencia de agua potable apta para beber (que es un pequeño subconjunto de toda la que utilizamos). Después vemos la ausencia de un sistema de distribución universal para esa agua limpia. Es decir, tuberías inadecuadas destinadas a la entrada y salida del agua sucia, y finalmente está su precio”, reflexiona. “Si la escasez física se vuelve extrema, entonces otras formas de escasez resultan más probables. Las sequías pueden crear falta de agua dirigida a fines agrícolas. También podrían manifestarse en altos precios para destinos esenciales, sobre todo, beber, cocinar y limpiar, aunque la ausencia de inversión en estos suministros puede ser incluso más importante que las sequías”, concluye Wolf. Las finanzas son el interruptor de la desigualdad. El capitalismo tiende a empaquetar como activo comercializable todo lo escaso. Sea lo que sea. Y surgen voces preocupadas. “El agua es un bien básico para la vida y por tanto un derecho humano, no un activo de mercado. Su propiedad, dotación, gestión y asignación deben quedar en manos públicas y fuera del ámbito de la especulación, como ya está empezando a suceder”, critica Carlos Martín, director del Gabinete Económico de Comisiones Obreras. “La iniciativa privada no tiene incentivos para proveer un bien básico y reducido de manera universal y al precio más barato posible, sino que, por el contrario, intentará elevarlo concentrando el mercado, capturando al regulador o, simplemente, atendiendo solo a la demanda con más poder adquisitivo y exigiendo compensaciones al contribuyente para atender a la población “no rentable”. Nada de eso es lo que el mundo quiere cuando abre el grifo.

martes, 4 de mayo de 2021

Ciudad Lineal. El proyecto higienista de Arturo Soria en Madrid. El Confidencial

 

La piqueta amenaza Ciudad Lineal: en riesgo el legado de un genio del urbanismo

En 1894, el urbanista Arturo Soria puso en marcha un proyecto visionario en el que primaban los espacios verdes. Hoy, sus casas de principios de siglo están en vías de demolición

placeholderFoto: La casa derribada en López de Hoyos 370.
La casa derribada en López de Hoyos 370.

Cuando sales de la boca del metro de Arturo Soria, se oye el trino de los pájaros. A solo unos metros circulan los coches, pero en este barrio al noreste de la capital el arbolado les hace una fiera oposición. Los cedros, robles y pinos, muchos de ellos centenarios, absorben pitidos y rugidos de motor. De alguna manera es lo que deseó su creador, el urbanista Soria, cuando presentó el proyecto de Ciudad Lineal en el Ateneo en 1882: un lugar en el que primara lo verde —se plantarían 30.000 árboles—, donde hubiera más espacio para las personas que para la locomoción, con comercios cercanos, y donde todo el mundo tuviera su propia casa “con huerto y jardín”, conectada con el centro mediante el tranvía. En definitiva, una ciudad ecologista y de proximidad, palabras que más de un siglo después no nos quedan tan lejos, sobre todo en estos tiempos de pandemia. Le llamaron visionario. Ni el ayuntamiento ni el Gobierno le dieron un duro, pero consiguió sacar adelante 5,3 kilómetros de los 48 proyectados. No está mal para una utopía.

Hoy, sin embargo, este diseño urbanístico, innovador para su época, corre peligro. Así lo denuncia la Asociación Cultural Legado Arturo Soria, creada en octubre de 2019 por arquitectos, urbanistas, historiadores, ingenieros y demás personas interesadas en el barrio, con el fin de preservar este proyecto, crear un museo sobre cómo se llevó a cabo y evitar que muchos de los hotelitos que se construyeron hace un siglo —los había de lujo, pero también de clase media y para la clase trabajadora— pasen por la piqueta, como está ocurriendo en los últimos tiempos. De hecho, hace solo unas semanas cayó el que había en Lopez de Hoyos 370. “Son casas que no están protegidas. Y son de particulares, por lo que, con la ley en la mano, pueden hacer lo que quieran con ellas”, se lamenta Cristina Keller, que está al frente de la asociación, que ha planteado ya varias alternativas tanto al ayuntamiento como a la comunidad. “Se está devaluando el valor patrimonial a favor de la especulación y estamos borrando la historia”, añade.

 

placeholderLo que queda del hotelito de López de Hoyos 370.
Lo que queda del hotelito de López de Hoyos 370.

Paseamos por las calles en las que se encuentran algunas de estas casas que están en riesgo de demolición. Como la que hay en Ulises, 1, que hoy pertenece a una orden religiosa. Todavía queda la puerta original y los muros típicos. “Es muy posible que la tiren puesto que ya han tirado las de alrededor”, manifiesta Keller. En Belisana 9, aunque se construyó algunas décadas después del proyecto original, una casita se mantiene en pie, “pero también sabemos que está en la lista de las que van a caer”. De la que no hay ninguna duda es de la que hay en Arturo Soria, 188: ha desaparecido el tejado, las ventanas están abiertas, su aspecto es ruinoso. “Es lo que suelen hacer, las dejan, y como no están protegidas, las tiran, se vende el terreno y se construye otra cosa”, sostiene Keller. Y por esa cadena de acontecimientos pasan unos cuantos millones de euros.

placeholderSin tejado y con las ventanas abiertas y rotas, así está esta vivienda en ruinas.
Sin tejado y con las ventanas abiertas y rotas, así está esta vivienda en ruinas.

“De todas maneras, ya ni aunque estén protegidas. En 1985 se tiró Villa Fleta, que estaba protegida”, comenta. Era una casa de principios del XX, de las primeras que se construyeron. Primero se llamó Villa Filomena y después la compró el tenor Miguel Fleta, que con el tiempo se convertiría en ferviente falangista. Se encontraba a la altura de Arturo Soria, 265 y fue un centro de encuentro de la cultura madrileña. Hoy no quedan ni los recuerdos, como ocurre con Villa Sol, Villa Marichu o Villa Rosita, algunas de las casas que ya solo aparecen en alguna foto vieja.

 

Sin embargo, Keller insiste en que sería posible su salvación. De hecho, ha ocurrido con otras construcciones que no se han convertido en una montaña de ladrillos y piedras. Ahí está Villa Rosario, en Arturo Soria, 65, que era una vivienda de lujo que se rehabilitó y hoy aloja la oficina de la sección cultural de la Embajada de China. O Villa Sotera, en Vizconde de los asilos, 5, otra vivienda de lujo en la que hoy se encuentra la Fundación Psicoballet Maite León. También se mantiene la vivienda lujosa que hay en la esquina entre General Aranz y la calle Lombillo. Y, por supuesto, Villa Rubín, en Arturo Soria 124, que fue la vivienda del urbanista y que hoy aloja dependencias oficiales de la Comunidad de Madrid.

placeholderVilla Rosario sigue en pie, ejemplo de que se puede rehabilitar y utilizar para otros usos.
Villa Rosario sigue en pie, ejemplo de que se puede rehabilitar y utilizar para otros usos.

El proyecto de un revolucionario

El proyecto de Ciudad Lineal, no obstante, abarcaba mucho más que las viviendas. Y desde la asociación también creen que el propio diseño está en riesgo, puesto que, según explican, las normas de su construcción se respetan cada vez menos. “Era un proyecto humanista que se hizo en una época en la que Madrid estaba hacinado, había epidemias y muchas desigualdades. La difteria, el cólera se expandían fácilmente y había una altísima mortalidad infantil”, explica Keller. Un Madrid que Benito Pérez Galdós retrató muy bien en novelas como ‘Misericordia’. “Y este era un proyecto higienista con casas soleadas, arbolado, aire puro, bien ventilado”, añade. También nos suena bastante esto ahora.

 

"Era un proyecto humanista e higienista con casas soleadas, arbolado, aire puro, ventilado"

 

El historiador de arquitectura Pedro Navascués tiene varios artículos en los que cuenta cómo se llevó a cabo este diseño urbanístico que se pensó para una zona en la que a finales del XIX solo había eriales que pertenecían a aristócratas y personas muy adineradas. Por aquel entonces, Madrid estaba en pleno crecimiento. Se había puesto en marcha la construcción del barrio de Argüelles, el de Salamanca para las clases pudientes y el de Pacífico para las clases más bajas con las casas baratas de La Constructora Benéfica que costeaban la Casa Real, el Banco de España y el Ayuntamiento de Madrid. Por curiosidad hoy quedan dos en pie en la calle de la Caridad (números 26 y 28).

 

Pero la ciudad pedía más —la emigración desde el sur no dejaba de aumentar— y salieron dos ideas: la construcción de la Gran Vía y la Ciudad Lineal de Arturo Soria.

Foto: Urbanismo de la Ciudad Lineal.

Esta última se consideró poco menos que una locura. El planteamiento de Soria, quien, por otro lado, era un hombre que siempre se había movido en ambientes bastante revolucionarios y radicales, era crear una vía de circunvalación, que hoy podría asemejarse bastante a la M-30, por la que pasara el tranvía y a ambos lados jardines y viviendas independientes de tres alturas como máximo. Las casas solo podrían ocupar una quinta parte de la parcela —el resto debía ser para un huerto y para la cría de animales domésticos— y debería haber cinco metros entre el muro del solar y la propia vivienda, lo que llamó el retranqueo. “Para cada familia, una casa; en cada casa, una huerta y un jardín”, fue el reclamo publicitario, a la contra de las viviendas comunitarias del centro, que para Soria eran aglomeraciones de miseria (y, sobre todo, muy poco higiénicas).

 

Arturo Soria es la segunda calle más grande de Madrid después de la Castellana, pero la sensación no es la misma que en Serrano

 

La calle del tranvía —lo que hoy es Arturo Soria— ocuparía 40 metros, divididos en el espacio para el transporte —de ida y vuelta—, cinco metros para los peatones a cada lado y otros cinco metros, también a cada lado, para carros y bicicletas. Así se construirían 48 kilómetros y podrían vivir 30.000 personas. En la actualidad no es exactamente este proyecto, pero es la segunda calle más grande de Madrid (5,3 kilómetros), después de la Castellana (seis kilómetros), y la sensación que tiene el peatón no es la misma que la de una calle Velázquez, Serrano o Acacias, llenas de ruido y humo.

placeholderEste era el proyecto original de Ciudad Lineal.
Este era el proyecto original de Ciudad Lineal.

Ningún organismo público quiso apoyar esta idea, por lo que a Soria le tocó convencer uno a uno a los posibles inversores y buscarse la vida por su cuenta. En 1894 creó la Compañía Madrileña de Urbanización (CMU), de la cual sería el director. Era la empresa encargada de comprar los terrenos, montar el tranvía, llevar el agua y la luz y construir las manzanas a ambos lados de una calle que sería indefinida. Ese mismo año colocaron la primera piedra en el Camino de la Cuerda, que pertenecía al pueblo de Canillejas, y asistieron el arzobispo-obispo de Madrid-Alcalá, José María de Cos, los alcaldes de Canillejas y Canillas y de otros pueblos colindantes, ya que las obras potenciaron mucho el empleo en la zona. Al principio muy poca gente se fio, pero para 1897 ya había hasta 600 accionistas —también le apoyaron mucho los profesores, principalmente los que creían en el krausismo y en la Institución Libre de Enseñanza— y, poco a poco, los más pudientes que habían invertido allí y los que habían vendido terrenos porque creyeron en el diseño, se trasladaban a pasar el verano en las nuevas villas que aparecían en cada manzana. En 1905 todos los accionistas de la CMU decidieron que la calle del tranvía se pasara a llamar como su director, Arturo Soria, mientras que las perpendiculares fueran de los inversores (un 12% fueron mujeres). Y así está en la actualidad.

Parque de diversiones, teatro, velódromo

El diseño de Soria era muy moderno porque incluía elementos en los que por aquel entonces ni se pensaba. Incluso se hacían festividades que se podrían considerar hippies, como la fiesta del árbol que consistía en plantar semillas y esquejes —de los que hoy son grandes troncos— y también había especial atención a los animales. Se llegó a poner en marcha una cooperativa de consumo para que los productos salieran más baratos que en el centro de la ciudad. Se construyeron viveros —hoy queda el de la familia Bourguignon, aunque este llegaría en la década de los treinta— y también los quioscos como el árabe, que servían de parada de tranvía, de puesto de vigilancia, de puesto telefónico (cuando nadie tenía teléfono) y de merendero. No es la campaña de ningún partido político, fue hace más de un siglo.

placeholderParque de diversiones de Ciudad Lineal hacia 1912.
Parque de diversiones de Ciudad Lineal hacia 1912.

Enfrente de la casa de Soria se construyó un Teatro-Escuela, un frontón, un restaurante y un parque de diversiones en el que había juegos de tiro de pistola y carabina, bolos americanos, un teatro de títeres, tiro al blanco, un tobogán gigante y lo que se llamaba la máquina voladora. En el teatro se hacían espectáculos de luchas grecorromanas. Al lado había un velódromo y hacia la calle López Aranda una plaza de toros. Entre 1910-1912 fue su época de mayor esplendor. Se hacían fiestas, se construían colegios. Pero el fin comenzaría en 1914 con una guerra. Hoy de todo esto ya no queda nada más que viviendas, oficinas y un concesionario.

 

“En la I Guerra Mundial España no participó, pero afectó mucho porque había menos suministros de todo. La Ciudad Lineal seguía en construcción, pero la CMU se declaró en suspensión de pagos. Además, como ya se veía por dónde iba a ir el proyecto, muchos de los dueños de los terrenos empezaron a vender más caro. La propia familia de Soria vendió algunas villas para pagar a los acreedores. Pero Soria ya estaba mayor y aunque quería seguir no fue fácil”, explica Cristina Keller. Por ejemplo, aunque se daban facilidades de pago a veinte años no compraron viviendas tantos trabajadores como se pretendía, en gran parte por la inestabilidad del trabajo. “Y nunca hubo dinero público”, ataja Keller. Todo lo contrario que ocurrió con otras colonias como la de Cruz del Rayo, al lado de El Viso, apoyada por organismos públicos desde el principio, a finales de los años veinte, y protegida desde finales de los setenta.

placeholderEl velódromo, convertido en campo de fútbol en 1923.
El velódromo, convertido en campo de fútbol en 1923.

En 1920 moriría Arturo Soria y su proyecto de los 48 kilómetros de ciudad ecologista se acabó. Las construcciones también irían desapareciendo. El parque de diversiones, el teatro y el frontón acabaron cerrando en 1932 cuando pasaron a manos de la Cinematografía Española Americana (CEA), la productora de los hermanos Álvarez Quintero, que convirtió todo en platós y que estaría en funcionamiento hasta 1966. En 1950 se construyó allí el famoso puente de la CEA por el que debajo pasa la A-2. El velódromo pasó a ser el campo de fútbol en el que jugó el Real Madrid en 1923 hasta la construcción del estadio de Chamartín; luego fue el del equipo Plus Ultra.

 

Con el paso del tiempo, sobre todo a partir de los años treinta, las ideas de Soria se desvirtuaron. Las viviendas dejaron de tener ese espacio de cinco metros de retranqueo, se construyeron edificios de más de tres alturas, se empezaron a vender algunas de las villas y se especuló con sus terrenos, se reformó la calle y llegaron los coches. A día de hoy, no obstante, todavía pervive el ideal de un tipo que ciertamente fue un visionario. Quedan la arboleda, quedan algunas de las villas y quedan esos espacios que muestran que todavía es posible una ciudad a escala humana. “Y nos están llamando de otras ciudades como Tokio porque quieren copiar el proyecto de Ciudad Lineal, que era eso, una línea indefinida, donde pudieran convivir diferentes clases sociales y tenga esa razón humanista”, señala Keller. Mientras tanto, aquí cada vez se escucha más el ruido de la piqueta.

jueves, 4 de marzo de 2021

Población española: De la España del siglo XVIII a la del XXI. Verne. El País

 

Así ha cambiado España desde los primeros censos del siglo XVIII

El análisis de los primeros estudios de población del país, elaborados hace 250 años por el conde de Floridablanca y Manuel Godoy, ofrecen un panorama demográfico radicalmente diferente al actual

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Mapa de la península de 1807
Mapa de la península de 1807. 

España tiene 47 millones de habitantes, según los datos más recientes del padrón elaborado por el Instituto Nacional de Estadística (INE). Es el triple que hace más de 200 años cuando, en el siglo XVIII, el conde de Floridablanca elaboró el primer censo estadístico que la monarquía española —con Carlos III a la cabeza— se atrevió a publicar. El objetivo era, tal y como puede leerse en la carta que Floridablanca dirigió al rey: “Que vean los extranjeros que no está el reino tan desierto como creen ellos y sus escritores”. Si Floridablanca hubiera tenido acceso a una bola de cristal, se habría quedado estupefacto con el cambio que ha dado nuestro país: en 1787 rondábamos los 10 millones de habitantes o, como decían por entonces, “almas”.

Las estadísticas son siempre un reflejo de la realidad. Y en el caso de las más antiguas, un tique de viaje al pasado. Antes del de Floridablanca, había llegado el censo del conde de Aranda (1768). Y después, el de Manuel Godoy (1797). Los tres descansan en la biblioteca del INE como una llave más a la historia de nuestro país. Parte de estos documentos son accesibles desde internet de forma gratuita. Con la ayuda de dos expertos en historia económica, desgranamos en seis puntos lo que estos censos nos cuentan de la vida de nuestros antepasados en el siglo XVIII.

1 . No era fácil superar la barrera de los 30

En 1797, según el censo de Manuel Godoy, la pirámide invertida no existía. La esperanza de vida superaba en muy contadas ocasiones los 30 años (ahora es de 83 años de media), un motivo de enorme preocupación para los miembros del Gobierno. En el siglo XVIII, la administración se dio cuenta de que para afrontar al enemigo no solo hacía falta dinero, también recursos humanos que fomentaran la economía y a los que poder recurrir en caso de guerra.

Como indica Carlos Álvarez, catedrático de Historia Económica en la Universidad Carlos III de Madrid: “A lo largo de la historia tener población ha sido clave para el éxito de una sociedad. Para nosotros ha cambiado un poco esa mentalidad y, de hecho, decimos que estamos en un mundo superpoblado. Pero, por aquel entonces, tener habitantes era tener riqueza”. Por cada niño menor de 7 años registrado en 1787, ahora hay 12. Estas proporciones crecen exponencialmente según aumenta la edad: por cada persona de entre 70 y 80 años en el siglo XVII, ahora hay 200.

Uno de los factores que más influía en la calidad de vida hace más de 200 años, además del acceso a la salud —reservado para los más pudientes—, era la dieta. La catedrática de Historia Económica por la Universidad de Barcelona, Roser Nicolau, ha dedicado gran parte de su carrera a estudiar este aspecto. “España era por entonces un país bastante rural y, a diferencia de otros países, el consumo de proteínas era muy bajo. Sumado a la falta de agua, las enfermedades y el escaso consumo de leche, muy distinto al resto de Europa, la mitad de los niños que nacían no llegaban a los cinco años de edad. De hecho, muchos morían en el destete porque el acceso al calcio caía en picado”, apunta.

2. La soltería, lo más relevante de la sociedad

Uno de los aspectos más llamativos de estas estadísticas es la atención que se presta al número de solteros y casados. Tanto es así que el censo de Manuel Godoy dedica un apartado al porcentaje de mujeres solteras por edad donde puede observarse que 7 de cada 10 mujeres de entre 16 y 24 años estaban solteras, una proporción que pasaba a ser de 2 por cada 10 en el rango inmediatamente posterior (25 a 39 años). ¿Por qué se centraban tanto en conocer el estado civil de sus habitantes?

“Floridablanca hace el censo para plantar cara a las críticas sobre la despoblación en España que llegaban desde fuera de nuestras fronteras. Para ello busca los impedimentos en el crecimiento de la población, uno de los cuales era la soltería”, indica Nicolau. Este objetivo les llevaba a contar incluso los religiosos -a los que el celibato no les permitía tener descendencia- y los dependientes de la beneficencia, cuya situación económica dificultaba en gran medida formar una familia. Así, el conde contaba las cabezas en hospitales, hospicios, casas de expósitos, instituciones educativas, divididas por sexos y clases, y casas de reclusión. Incluso distinguía a los pacientes de salud mental, refiriéndose a ellos directamente como "locos" y "locas".

En 1797 se casaban el 59% de las mujeres y el 56% de los hombres. Aunque en ambos sexos esta tendencia ha disminuido con el paso del tiempo, la diferencia con la era actual no es tanta: solo ha caído en siete puntos porcentuales. En los tiempos de Godoy y Floridablanca, explica Nicolau, que hubiese un tercio de hombres y mujeres solteros no era nada positivo: “En toda Europa occidental era habitual que las mujeres se casasen con 25 años y España tenía una de las tendencias más bajas. Hay distintas teorías para explicarlo pero una de las más factibles es que las mujeres no se casaban hasta que no tenían cierto patrimonio, lo que retrasaba bastante la edad de matrimonio. De hecho, aunque no se contabilice, ellas también trabajaban en el campo o en labores domésticas y esto también influía a la hora de casarse”.

En la actualidad, el 11% de las mujeres se quedan viudas. En el siglo XVIII, esta proporción era prácticamente la misma. En el caso de los hombres, el porcentaje de viudos se ha reducido a la mitad (del 6% al 3%), un cambio que se explica con la diferencia en las esperanzas de vida de cada sexo: la esperanza de vida de las mujeres es seis años superior a la de los hombres (86,2 años frente a 80,9). 

3. Casi cinco hijos por mujer

Como ya hemos mencionado, el crecimiento de la sociedad era una de las mayores preocupaciones de la corona. En el estudio que Nicolau elaboró con otros colegas de profesión, Estadísticas históricas de España, el cuadro de expertos concluye que, ya entrado el siglo XIX, cada mujer tenía 4,5 hijos de media. Esta es una de las cifras más disonantes con la realidad actual: los últimos datos del INE sitúan la tasa de fecundidad en menos de 1,5 hijos por mujer.

Las dificultades para elaborar los primeros censos no permitían conocer el detalle del número de hijos por matrimonio. Pero en su batalla por acabar con los obstáculos para formar familias, el censo de Floridablanca distinguía a solteros, casados y viudos según su rango de edad. Y es aquí donde encontramos un detalle sorprendente: los registros de casados y viudos menores de edad. Así, en 1787, 5.462 niños y 7.463 niñas de entre 7 y 16 años aparecen casados. Y más de 500 son viudos. Aunque estas cifras no llegan a representar ni el 2% de la población, surge la pregunta sobre si realmente existían los matrimonios en estas edades o era un simple error de registro.

“Lo que no sabemos es si a la hora de hacer el censo preguntaban si ese matrimonio era consumado o no. Por entonces muchos de los matrimonios eran concertados por las familias, bien por motivos económicos o políticos. En el sur, la edad media de matrimonio era de 26 años y, en el norte, de 21”, explica Álvarez. “Tradicionalmente, en el norte de España las familias solían ceder todo el patrimonio al primogénito para mantener a salvo el linaje. Se consideraba que el estatus social se perdía si se repartía el patrimonio entre varios descendientes. En el sur, sin embargo, se heredaba de forma más equitativa”.

Para casarse hacía falta una dote, el patrimonio que la familia de la esposa entregaba al novio en proporción a su estatus social. La forma de heredar de la familia, por tanto, condicionaba mucho las opciones. Si por haberse dividido el patrimonio entre varios descendientes la dote no era suficiente, lo lógico era que la edad de casamiento se retrasara y que, por ello, se intentase cerrar de palabra el matrimonio lo antes posible para ganar tiempo.

4. Las ciudades, atractivas pero complicadas

“En el siglo XVI, España era uno de los países más urbanizados de Europa. Sin embargo, en el siguiente siglo, las ciudades entraron en decadencia y el territorio se hizo mucho más agrario”, explica Álvarez. En el siglo XVII crece una corriente de pensamiento que considera que la fuerza urbana es una fuente de riqueza para los Estados modernos, que "empiezan a preocuparse por tener poblaciones numerosas”, explica Roser. Así, bien entrada la segunda mitad del siglo XVIII, las ciudades españolas vuelven a cobrar protagonismo y a atraer a parte de la población. En el censo de Floridablanca, Madrid es la que notifica más de 165.000 habitantes, seguida de Valencia (100.656), Barcelona (92.385) y Sevilla (80.915). Las cuatro aglutinan un 4% de la población nacional, un porcentaje que en la actualidad alcanza el 15%.

Pero las urbes, cuanto más caras, más duras. “Al llegar más población aumentan los trabajos de largas jornadas y salarios bajos y, en consecuencia, la gente pasa hambre y crecen las enfermedades por hacinamiento. Se da por hecho que, en la ciudad, la probabilidad de morir es más alta, pero la gente emigra porque, aun así, es un salario mucho mejor que en el campo. Hay que recordar que allí la tierra tenía dueño y el dinero que le llegaba al campesino era escaso. Por eso la ciudad surge como un lugar de mayores oportunidades. Si tenían suerte y trabajaban muy duro, podían salir adelante”, relata Álvarez. “De hecho, muchos de los ‘segundones’ de las familias del norte que hemos mencionado anteriormente —los que llevaban un escaso reparto en el patrimonio de la familia— emigraban a las ciudades del sur para buscarse una nueva vida”.

5. Los municipios de 10.000 habitantes ya eran considerados ciudades

Cuando reinaba Carlos III, 8 de cada 10 españoles vivían en municipios de menos de 10.000 habitantes. Nada que ver con la distribución actual: según el padrón del INE, a día de hoy solo 2 de cada 10 personas (nueve millones, casi la población entera de España en el siglo XVIII) viven en localidades de estos tamaños. En la actualidad, de hecho, son considerados pequeños municipios —tanto, que han podido escabullirse de algunas de las restricciones de la pandemia— y gran parte de ellos están en la cuerda floja de la despoblación.

Sin embargo, en el Antiguo Régimen, “un municipio de estas dimensiones ya se consideraba ciudad”, indica Álvarez. Por ejemplo, como indica el trabajo de investigación Hacia una definición de la demografía urbana: España en 1787, en Canarias, Castilla y León, Extremadura, Murcia y el País Vasco los núcleos urbanos tenían un tamaño medio que rondaba los 9.000 habitantes. Por aquel entonces la zona rural incluía a todos esos municipios de menos de 5.000 habitantes. Aunque esto no significa que en las ciudades no hubiera un gran peso de la ganadería y la agricultura: en el sur de España existían las llamadas agrociudades, municipios que alcanzan los 10.000 habitantes pero en las que, en lugar de diversificar el empleo, predominaba este sector primario.

A medida que la economía agrícola que definía a España pasó a transformarse en una más industrializada, la población hizo las maletas y empezó a mirar a las ciudades del interior de la Península. Poco a poco la densidad poblacional fue creciendo desde los 20,7 habitantes por kilómetro cuadrado hace más de dos siglos a los 90 habitantes por kilómetro cuadrado de 2020, aumentando la población en las grandes ciudades como Barcelona, Valencia, A Coruña, Oviedo o Madrid. La provincia de Pontevedra refleja muy bien ese cambio: en 1787, encabezaba el ranking nacional con 76 habitantes por kilómetro cuadrado y, en las densidades actuales, ha bajado hasta el puesto 13.

6. En algunos municipios, la densidad poblacional era mayor que ahora

Por último, otro detalle que no puede pasarse por alto comparando las primeras estadísticas de España con las actuales es que hay tres provincias en concreto que tenían mayor densidad poblacional en 1787 que en la actualidad: son Cuenca, Teruel y Soria. Si hace 223 años las tres contaban con 14 habitantes por kilómetro cuadrado, ahora en Soria solo hay 8,6, lo que supone una caída del 30% de vecinos entre 1787 y 2020 (de 115.092 a 88.884). Por su parte, Teruel tiene 9,06 habitantes por kilómetro cuadrado, una drástica reducción del 42% (de 191.118 a 134.176 habitantes). Cuenca es la única de las tres que supera la decena de habitantes por kilómetro cuadrado: según los datos de Floridablanca, esta provincia solo ha visto reducida su población en un 5% en los últimos 300 años (de 206.218 habitantes a 196.139).

Es importante tener en cuenta que los datos de estos históricos censos son orientativos. Pasados los años, numerosos expertos han constatado que las cifras bailan mucho entre los siglos. De hecho, el de Floridablanca es el más fiable. La Comisión General de Estadísticas del Reino —primera institución moderna de estadística de España— no nació hasta 1857 por lo que, hasta entonces, la única forma de recoger información estadística era acudiendo a los obispos y a los párrocos, dueños de todos los registros y libros de familia. Por supuesto, estos no incluían ningún cálculo estadístico y estaban escritos a mano, por lo que lo más probable es que haya errores. Pero sí es suficiente para ver en qué cosas ha cambiado España (y en qué cosas no lo ha hecho): si en la actualidad la población viviera tan apretada como en el distrito centro de Madrid, toda España podría caber en Tenerife. Somos muchos más, pero vivimos en menos municipios y tendemos a abandonar las ciudades intermedias para irnos a las más grandes. Lo urbano nos sigue llamando.

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